Es una costumbre (un mal hábito) la intromisión de ciertos padres en cuestiones que deberían ser resueltas en el ámbito escolar y aceptadas como normas a respetar; y por ende a cumplir. Los mismos padres que ya ni se molestan en acompañar a sus hijos hacia y de regreso de las instituciones educativas, proveyéndoles incluso de medios de transporte motorizados, se encaprichan por imponer su parecer ante lo que doctrinariamente corresponde y es regido por personas preparadas para proporcionarles a sus hijos lo que están incapacitados para darles.
Con rapidez, se forma una turba de progenitores que reclaman lo que les parece. Un poco de intuición y un poco de urgencia por demostrar presencia en la vida de hijos que los desconocen. Otro intento en vano de ser correspondidos por niños que perciben la situación, y avanzan en reclamos de púberes, en niñerías. Padres infantiles, niños manipuladores.
Lo inverosímil pasó a ser prohibido para luego tornarse realidad aceptada complacientemente. Hasta no hace mucho tiempo, nadie podía imaginarse a menores de edad conduciendo vehículos a motor para ir y regresar a sus escuelas. Mucho menos si estos menores siquiera habían comenzado su adolescencia, donde la menos la inexperiencia propia de todo niño es complementada por la carencia de cierto conocimiento o aptitud para realizar o resolver tal o cual cosa. En Pedro Juan Caballero, estas situaciones son realidades aceptadas en el día a día, incluso por las autoridades que deberían regular y amonestar las cuestiones expuestas.
No decimos nada. Todos de algún o de otro modo, aceptamos las cosas como vienen, y ahora comenzamos a enfrentar las consecuencias.
Siendo cómplices de la barbarie, llevamos a la hoguera a los que alguna vez fueron nuestros propios maestros, porque en la impotencia por asumir nuestro rol, intentamos equilibrar las cosas cuestionando a los auténticos formadores, que alguna vez constituyeron el pilar de nuestra comunidad, y hoy censuramos por intentar no ser parte de esto.